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Una visita guiada en la Sevilla judia sefardi

Un tour de la judería sevillana.

(traducción del articulo original de nuestro cliente y viajero Eytan Uliel)

Durante años he visitado nuevos y viejos lugares de interés para la comunidad judía. Por lo tanto, he visto muchos barrios judíos, museos, centros, sinagogas, lugares históricos, eventos, guetos y memoriales. Lugares que han sido inspiradores, tristes, confusos o reconfortantes. A veces, todas esas cosas a la vez.

Así que cuando se trata de “turismo judío” es difícil sorprenderme. Esto es exactamente lo que ocurrió en mi visita a Sevilla, la capital de Andalucía, en el sur de España. Y todo esto acaeció en un parking subterráneo, increíble ¿verdad?

Pero primero, una pequeña lección de historia.

Los judíos llegaron originalmente a Sevilla durante la época romana; más llegaron en el siglo VI, cuando la Península Ibérica estaba bajo el control de un reino católico, los Visigodos. En el siglo VIII, musulmanes norteafricanos la invadieron, y por los siguientes 500 años Sevilla fue parte de un imperio Islámico que se expandió desde el Oriente Próximo, norte de África y la Península Ibérica. Fue en 1247 cuando el ejército del rey Fernando volvió a unir la ciudad a la Europa cristiana.

Durante todo este período, la comunidad hebrea de Sevilla se concentraba en un área llamada judería. Aquí podíamos encontrar tiendas judías, escuelas, sinagogas, juzgados, matadero, cementerios y todo tipo de requerimientos para organizar la vida común. En muchos sentidos, la judería era un prototipo de gueto: una parte separada de la ciudad, rodeada por sus propios muros, muy cerca del palacio de los reyes. Así se aseguraba la protección real a los judíos de la ciudad y al mismo tiempo había una separación entre la población y el barrio para los tiempos de revueltas.

La comunidad prosperó hasta llegar a un número de unas 6000 personas, aproximadamente el 10% de la población de la ciudad. Sevilla, de hecho, dio a luz a importantes rabinos, teólogos y eruditos; los judíos estaban presentes en las altas estancias de justicia; había importantes comerciantes judíos, científicos y físicos. Para ser concretos, en ese período (estamos hablando de hace casi 1000 años) Sevilla era uno de los mayores centros del mundo hebreo, y los judíos eran muy activos en todos los aspectos de la vida cívica.

Pero cuando Sevilla pasó a manos de Fernando III, la situación se deterioró rápidamente. Sin este estado de protección disfrutado en la etapa islámica, los ataques a la judería sevillana se convirtieron en frecuentes. Los financieros judíos estaban especialmente señalados para su persecución (y frecuentemente también ejecución). Los oficiales de la iglesia incrementaron su presión contra los judíos, culpándoles de todas las cosas horribles que sucedían en el mundo. Suena familiar, ¿verdad?

La situación llegó a su colofón el 6 de junio de 1391, cuando bajo la directriz del arcediano de Sevilla la tensión antijudía terminó por desencadenarse. Una masa enloquecida irrumpió en la judería y mató unas 4000 personas, alrededor de 2/3 de los judíos de la ciudad. La mayoría de los supervivientes rápidamente aceptaron el bautismo. Así fue como fueron barridos 1400 años de vida e historia judía en Sevilla.

Cinco años más tarde el por entonces rey Enrique III, dio la judería al Jefe de Justicia y su mayordomo como regalo de agradecimiento por ayudar a tratar con el “problema judío”. La Iglesia también tomó su parte en este espolio, y durante el proceso las sinagogas fueron convertidas en iglesias, las calles renombradas y los lugares reconocibles como judíos fueron borrados.

Pese a todo, una pequeña comunidad de 300 judíos continuó viviendo en Sevilla, temerosos de su situación y vigilados. Hubo también judíos que mantuvieron su religión en secreto, los conversos, que sólo mantenían una apariencia de católicos.

Entonces fue cuando llegó la Inquisición: un tribunal religioso promovido por la corona y creado para asegurar que los recién convertidos al catolicismo fueran verdaderos cristianos. Sevilla se convirtió en el lugar de prueba para la Inquisición, aquí se refinaron sus métodos: represión, brutalidad, miedo, tortura y el infame auto de fe (sentencia a muerte en la hoguera incluida). La situación fue difícil para estos conversos, sobre todo por las continuas delaciones y condenas a muerte.

En paralelo, el final de la reconquista en España vio como Fernando II de Aragón se casó con la reina Isabel de Castilla en 1469, unificando España bajo una misma corona por la primera vez en siglos. Necesitando un chivo expiatorio para apuntar la atención en momentos convulsos y queriendo encontrar una causa común para los recién reunificados reinos, Isabel apuntó a los judíos como “enemigos de la corona”. Suena familiar, ¿verdad?

Todo culminó en 1492 cuando la reina Isabel finalmente firmó el decreto que ofrecía a los judíos de España la posibilidad de convertirse, ser expulsados o morir.

No sorprende que muchos eligieran la segunda opción. Los restos de la comunidad hebrea de Sevilla, que ya estaba bastante diezmada después de la persecución, se unieron al éxodo. Algunos de ellos hacia Europa, pero la mayoría cruzaron el estrecho para unirse a las comunidades judías de Marruecos y norte de África, beneficiándose de una relativa seguridad ofrecida a los judíos en el mundo islámico. Suena familiar, ¿verdad?

Y esta tortuosa historia recae un poco sobre mí.

En este período la familia de mi abuela paterna huyó desde Andalucía hasta Tánger, y desde allí finalmente a Fez. Durante cientos de años su familia mantuvo su herencia española, hablando ladino (el español de los sefardíes) en casa, y manteniéndose aparte de los “locales”. Eso es, de locales como mi abuelo en el lado paterno, cuya familia ha estado en Marruecos por siglos, hablaba árabe y había asimilado incluso los colores y formas de los bereberes.

Esta es la introducción al por qué estaba tan interesado en intentar conectar con el pasado de Sevilla. No era un mero interés en sentido general, era algo que sentía a nivel personal. Un regreso a casa producido 500 años después.

Reservé un guía especializado, Francesco, para un tour guiado que se centrara en la Sevilla judía. Nos encontramos después del mediodía, alrededor de la famosa Catedral de Sevilla. En un primer encuentro, no pude apreciar nada de judío en esta maravilla gótica (la tercera iglesia más grande del mundo). Pero Francesco quería empezar allí por una razón.

“Mira con atención”, dijo, mirando a la Giralda, la gran torre de la Catedral de Sevilla, de hasta 105 metros de altura. “¿Puedes ver cómo parte de la torre es gótica y barroca pero la parte baja es islámica?” Eso es porque la parte baja era originalmente el alminar de una mezquita que levantó en este lugar el mismo arquitecto de la Koutoubia de Marrakech. Después, cuando los cristianos conquistaron Sevilla, añadieron ese bonito campanario a la torre y este es el resultado. Ahora es la torre de la Catedral. Pero si quitamos la parte alta, puedes ver la mezquita, no la Catedral”.

Continuó: “Cuando miramos Sevilla con los ojos judíos, es lo mismo. Todo lo que era judío ha sido cubierto. Así que, si quieres ver la Sevilla judía, hay que usar la imaginación para quitar los añadidos y así poder ver lo que un día fue”.

Un toque zen pensé, pero aún así fue una gran introducción con que empezar el tour. Comenzamos a caminar durante las siguientes horas, deambulando por las calles estrechas pavimentadas con piedras del barrio de Santa Cruz, nombre con el que también se conoce a la judería. Sentía la excitación de un niño en una excursión de campo, sin estar aún seguro de qué podría encontrar.

Mientras caminábamos, Francesco fue mostrando puntos de interés judío. Como por ejemplo un callejón que siglos atrás sirvió como entrada principal al gueto. Nos invitó a imaginar una enorme puerta cerrando el acceso de la noche al amanecer, encerrando a los judíos. También frente a una casa blanca, de apariencia normal, donde según parece en 1481, 16 familias judías fueron encerradas y finalmente quemadas vivas por la Inquisición.

O por ejemplo otra calle donde vimos un pequeño muro que correspondería según Francesco a la única parte aún en pie de este gueto. En la calle Levies, comimos en el bar de tapas del mismo nombre, y justo al volver la esquina paramos para hacer una foto de un palacio que una vez fue la casa de Samuel Halevi, tesorero real en la Sevilla de 1320 y uno de los hombres más poderosos de la ciudad. Hoy es un edificio de oficinas.

Bajamos a los subsuelos de las Casas de las judería, un moderno hotel hecho a partir de una docena de casas y patios conectadas entre sí. Se localizaba en el centro de la judería de Sevilla, parte importante de la confiscación realizada por Enrique III y dada como tributo a sus aliados por orquestar la masacre de judíos de 1391. Hoy el hotel todavía sigue siendo propiedad del descendiente de uno de esos distinguidos caballeros.

Durante el camino, Francesco nos mostró cada una de las cuatro principales sinagogas. Todas fueron reconstruidas con el tiempo, no queda mucho en la memoria. El ejemplo más impactante fue la Plaza de Santa Cruz, un placentero espacio rodeado de un hermoso jardín. Originalmente tuvimos en ese lugar un templo romano, convertido en una mezquita durante la época islámica y cuando los cristianos llegaron a la ciudad, fue usado como sinagoga. Después del progrom de 1391 fue transformado en iglesia, hasta que la Francia napoleónica la transformó en la embajada Finalmente en 1881 dos milenios de historia fueron derruidos para hacer espacio para la actual plaza.

Era un día caluroso, y después de ver Santa María la Blanca (otro fantasma -previamente esta iglesia fue una sinagoga, adyacente a la plaza del mercado del barrio judío), Francesco sugirió una pequeña parada para beber algo fresco en el bar justo en frente.

Entramos en el bar, pequeño y vacío. Tenía la sensación de un lugar típico -unas pocas tapas visibles, un jamón colgando del techo, una televisión donde emitían fútbol, y un preocupado camarero sirviendo las bebidas.

Dentro del bar, Francesco apuntó al muro trasero “De hecho, no os he traído aquí para tomar algo. ¿Veis ese hueco en el muro debajo de las botellas y la impresora? Lleva al almacén del bar. Ese almacén es también los restos del Mikvah (antiguo baño ritual) que una vez surtió a la sinagoga al otro lado de la calle”.

Eplicó más: “Cuando los propietarios del bar necesitaron más espacio para almacenar, comenzaron a excavar y encontraron las ruinas del mikvah -de al menos 700 años de antigüedad. Nadie dijo nada, porque nadie se preocupa reamente de los restos judíos. Simplemente lo transformaron en el almacén. Así que la cerveza y el vino de este bar se guardan en el único mikvah documentado en Sevilla.

Bebí lentamente la limonada en el bar, mientras estaba intentando imaginar el mikvah que una vez funcionaba debajo del sitio donde pisaba. Era más que frustrante que todo lo judío en Sevilla parecía quedar sólo en la imaginación, en la habilidad mental para reconstruir algo de 800 años en la mente.

Pero eso era también excitante -saber que podría haber caminado alrededor de ese bar miles de veces y nunca haber pensado que en su sótano había una ruina judía. Ahora me sentía como si fuera un explorador, en un lugar secreto que nadie conocía.

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Casi al final del tour, cuando la temperatura comenzó a bajar y el sol iniciaba su atardecer, pasamos por la calle Cano y Cueto, por donde Francesco nos mostró que se encontraba la salida del muro exterior del gueto. Mencionó que durante 400 años, los judíos sevillanos habían enterrado a sus antepasados en el otro lado del muro, fuera de la ciudad.

Llegamos a la entrada del parking de Cano y Cueto y de una forma inesperada, Francesco nos indicó que entráramos. Bajamos tres tramos de escaleras hasta que nos encontramos en el interior del parking, en la oscuridad. Estaba lleno de coches y olía a gasolina.

“Cuando empezaron las excavaciones para este parking hace quince años, encontraron tumbas judías aquí” dijo Francesco “cientos de tumbas judías. Todo el mundo sabía que el cementerio judío estaba aquí, a causa del muro del gueto, pero a nadie le importó”.

Miré alrededor. Vi coches y motocicletas, pero no tumbas.

Francesco respondió mi pregunta antes de que pudiera preguntar. “Qué hicieron con las tumbas es un misterio. Fueron quitadas de este sitio – el parking era más importante que la historia de los judíos. Nadie sabe dónde están las tumbas. Todo lo que queda es esto” dijo, mientras cogía su iPhone para mostrar en blanco y negro una foto de la excavación y las tumbas.

Y esto”, continuó Francesco, señalando un Audio gris, en el número 9.

Debí parecer confuso, porque Francesco me indicó que debería ir a la parte trasera del coche. Lo hice, y allí, detrás del coche, protegido con un cristal e iluminado por la luz de neón del parking, había una única tumba. Encima una pequeña cerámica con una estrella de David azul.

Francesco explicó: “aunque la ciudad decidió eliminar el cementerio judío para hacer un parking, alguien pensó que podría ser una buena idea dejar una tumba en el lugar. Esta es la única tumba judía que queda en Sevilla”.

Wow.

Pensé sobre esa tumba solitaria durante días y semanas.

Pensé en lo extraño que me sentí en ese parking, viendo el único fragmento que queda del antiguo cementerio judío de Sevilla. Y mientras los coches entraban y salían, el olvido de los conductores al conducir a través de un cementerio me chirriaba.

Pensé en el alivio de haberlo visto. De saber que al final había encontrado algo tangible en el pasado judío de Sevilla. Algo real, más que un eco que tuviera que reconstruir en mi mente.

Pensé en lo triste que era. Fue un sentimiento desgarrador, saber que el único elemento que quedaba de los miles de años de historia judía en Sevilla era una sola tumba, metida dentro de un parking subterráneo, sin carteles ni distinciones.

Pensé en lo emocionante que es que incluso 800 años de guerras, inquisiciones, expulsiones, no habían sido capaces de acabar con todo lo judío que había en Sevilla. Como ni siquiera importa que halla sido cubierto o reconstruido, porque la historia y las historias están todavía ahí, y siempre estarán. Sólo necesitas saber dónde y cómo mirar.

Pero sobre todo pensé en lo raro y maravilloso que el mundo de los viajes puede ser a veces. De todas las cosas que se pueden ver y hacer en Sevilla, sentí la necesidad de buscar los vestigios del pasado judío en la ciudad. Ese viaje me llevó frente a una solitaria tumba judía: antigua, olvidada y sola en el más inesperado de los escenarios. Una polvorienta pila de piedras en un parking subterráneo, y aún así, sentí una conexión emocional.

¿Qué puedo decir? A veces, ser judío es difícil de explicar.